Obama's Inaugurational Frenesy
Cuando pisamos en la calle a las 4 de la mañana pudimos ver la magnitud de lo que nos habíamos metido. Llegar al metro, pasajes, control policial y el tren fue una rápida sucesión de hechos en medio a una disputa sin igual por espacio, hasta llegar en la tierra prometida. El tren se daba cuenta de que llevaba mucha más gente de la que podía. Paraba y ordenaba como punición, que todos salieran y reentraran dejando a los competidores menos capaces del lado de fuera (ancianos, personas con debilidad de movimiento, etc.).
Al finalmente salirnos, el Capitolio demostraba el único camino a seguir. Lo que parecía muy bien ser una pesadilla latinoamericana, al avanzar, cada vez más frio y despacio, hizo metamorfosis en una sensación extrañamente familiar. Yo oía – y no lloraba – el fantástico trastear del castellano caribeño y pude ver las caras y escuras colores de personas que habían hecho esfuerzos inimaginables para hacerse presiente y deshacer el perfecto maquillaje de la sociedad estadounidense.
Valía mucho más la pena acompañar todo pos sus rostros. A las 11:30 Obama apareció. En su voz como en su sangre, llevaba un poco de los que allí estaban. Inmigrantes, negros y pobres; tercermundistas de corazón y segregación, me hicieron creer, por el nublado de sus ojos, en la fantasía de un futuro menos asustador.
Diálogos com a Luz (B.0.1) © Luis Capelo Sarmiento | 2009